Todo el mundo, a lo largo de su vida, le duele algo. Le puede doler la cabeza, las rodillas o las piernas tras un ejercicio intenso; le puede doler el pecho, mostrando patología realmente grave o simplemente una crisis de ansiedad; o puede ser un dolor, más que fisico, emocional, apareciendo como dolores generalizados y otros síntomas.

Para los médicos el dolor puede ser un gran aliado y, a su vez, un síntoma que nos despiste. Dependiendo de cómo cuente el paciente el dolor, podemos precisar más o menos nuestro juicio clínico inicial; pero también nos juega una mala pasada ya que puede ocultar realmente otros síntomas que sí que nos harían diagnosticar un trastorno. Un ejemplo de esto es un paciente en la consulta que acudía por dolores articulares generalizados. El paciente los controlaba con ibuprofeno y podía realizar su vida cotidiana hasta que, de forma más o menos progresiva, el paciente nos comentaba que cada vez se sentía más cansado y con menos apetito. Aquí saltaron todas las alarmas. Ha perdido peso, pregunté yo. Vengo notando eso doctor, he perdido 7 kilos en dos meses. A las tres semanas volvió a vernos tras una estancia en el hospital donde le diagnosticaron un cáncer hepático.

No quiero decir con esto que todos los dolores acaben en cáncer, no quiero hacer saltar la voz de alarma. Pero comento que muchas veces el dolor, como síntoma inespecífico que es, a veces nos oculta síntomas que son los realmente importantes. 

La medicina ha avanzado mucho respecto a la terapéutica del dolor. Actualmente tenemos muchos fármacos, tanto a nivel hospitalario como ambulatorio, capaces de combatirlo. Desde el simple paracetamol hasta los derivados opioides, sin olvidarnos de los corticoides. Puede ser que el paracetamol y los AINEs sean los fármacos que más preescribimos, tanto en la urgencia como en la consulta. Provocan un alivio del dolor y, además, reducen la aparición de fiebre, siendo los fármacos ideales para las infecciones víricas, cuyo tratamiento es el control de los síntomas. Y creo que debido a su éxito, los preescribimos sin pensarnoslo mucho, y creo que es un problema. Estos fármacos, especialmente los AINEs, tienen diversos efectos secundarios, siendo los principales las lesiones en la mucosa del aparato gástrico y la afectación renal.

¿Entonces qué hacemos? ¿No recetamos estos fármacos? Al contrario; debemos recetarlos cuando sean estrictamente necesarios. De hecho han demostrado su gran eficacia. Pero al hacerlo, debemos de pensar en las consecuencias. ¿O no pensamos en ellas cuando recetamos derivados mórficos o corticoides?

El dolor es un síntoma que acompañará a nuestra vida y a la de nuestros pacientes. Y debemos asumir que muchas veces las características de este dolor nos darán aproximaciones diagnosticas; pero a veces, sólo por centrarnos en el dolor, no descubriremos el síntoma clave, el síntoma que nos dé el diagnóstico.

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