Es una tradición que me gusta. Llegar al último día del año y ver si he cumplido los objetivos que me había propuesto. Habrá gente que haga esto; habrá gente que dirá que por qué no lo haces durante todo el año y aprendes del día a día, no del año en año; y habrá otra gente que me diga: ¿pensar? ¿Para qué? Si total, el año ya se ha acabado…

Para mí el año empezó con una fecha muy marcada: el seis de febrero. Ese día hice el MIR. Mi sueño era hacer un buen examen y coger plaza en Oncología Médica. Me daba igual la ciudad, ése era mi sueño. Pero gracias a que no me salió tan bien como yo esperaba, descubrí la Medicina de Familia. Creo que a veces nuestros sueños no son realmente lo mejor para nosotros. Gracias a que no hice ese examen perfecto con el que soñaba, descubrí la mejor especialidad del mundo. Pensaba que iba para oncólogo, pero desde el primer día en el que me senté en la consulta de mi centro de salud, desde el primer día que fui a la urgencia, descubrí que mi sitio no era el estar en una planta viendo a los pacientes con cáncer; ni era el estar en un laboratorio investigando y probando tratamientos. No, mi lugar era el estar con el paciente día a día. No digo que los oncólogos no lo hagan, desde luego que lo hacen. Pero el trato que tienes como Médico de Familia con los pacientes es distinto. De hecho, algunos de tus pacientes te tratan como su familia, porque eres una parte vital de ellos. Y eso es lo que realmente enamora de la Atención Primaria.

Con esta reflexión obtengo la siguiente conclusión: lucha por lo que quieres, pero la realidad te pone en tu sitio. Pensaba que podría ser el mejor oncólogo del mundo; pero no soy ni oncólogo. ¿Triste? No. ¿Decepcionado? Para nada. Debería de estarlo si no hubiera dado mi 100%. Yo sé que lo dí, y por eso estoy tan orgulloso de estar donde estoy ahora.

Ese es el aprendizaje que obtengo de este año: tu cien por cien te coloca realmente donde debes estar. Si lo has dado, mírate al espejo con orgullo. Y sigue así, porque si sigues trabajando así, llegarás lejos, sea donde sea.

Además mis dos experiencias increíbles transoceánicas (Toronto, really I miss it; y New York City y Washington) me han servido para darme cuenta de que aquí, en España, tenemos un tesoro con la sanidad que tenemos. Tendrá millones de retrasos e inconvenientes y tiene un margen de mejora gigante (ya hablaremos de esto, pero en el año que viene), pero una cosa es innegable: el poder tener una sanidad como la que tenemos con un acceso gratuito es un privilegio del que debemos de sentirnos orgullosos. Pero lo debemos de cuidar, porque sino, este privilegio, este buque insignia de nuestro país, desaparecerá.

Lo dicho. Espero que hayáis dado el 100% en este año 2016 y estéis preparados para darlo en el nuevo año que entra.

Por cierto, un abrazo para todos las personas que trabajan en esta noche tan mágica, pero especialmente se la deseo a mis residentes mayores y mis co-residentes del Hospital Gregorio Marañón. Son héroes vestidos de pijama y con bata, no lo olvidéis

Que paséis una feliz noche y tengáis una gran entrada de año nuevo.  

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