Depresión. Ansiedad.

Son dos de los diagnósticos mas frecuentes en Atención Primaria. Y lo peor es que lo vemos cada vez con más frecuencia en pacientes jóvenes. Ya no nos resulta raro ver a una chica de 21 años en tratamiento con benzodiacepinas…

Las causas de estas dos enfermedades son múltiples, pero podemos encontrarla, según mi punto de vista, en nuestra forma de vivir y tomarnos las cosas, descartando obviamente los trastornos de este tipo causados por problemas adaptativos. Actualmente vivimos en una sociedad en la cual queremos tener de todo y ya; sin esperas, sin esfuerzo. El no tener lo que queremos puede ser el determinante de que entremos en un estado de ansiedad. Además vivimos en la sociedad de la exigencia, en la de superar al prójimo; no la de superarse a sí mismo, que es sano. Estamos continuamente comparándonos con el otro, pensando en que puedo hacer para ser mejor que el otro. Y el no estar por encima nos puede generar una sensación de frustración, llegando incluso a pensar que fracasado soy. Este pensamiento es el previo a caer en una depresión; el de todo por lo que has luchado al final no sirve de nada.

Yo mismo me identifico con algunos aspectos de esta sociedad. Yo sé que está mal pensar así, que lo más importante es que al final no superes a los demás, sino que te superes a tí mismo, que des el 100%; y si con eso no logras el objetivo, será que te has puesto un objetivo demasiado exigente. Esto es lo que a mí me ayuda a sobrevivir, pero hay gente que esto no sabe hacerlo o, simplemente, no puede hacerlo. Entonces entran ese estado ansioso-depresivo que, tal vez, somaticen. Es decir, empiezan a tener síntomas físicos, tales como malestar general, dolor en el pecho, dolor de cabeza continuo, cansancio… ¿Y qué hacen? Acuden a su médico. Su doctor en la primera visita no es capaz de detectar cuál es realmente el problema, por lo que le pauta un tratamiento para los síntomas. Les funciona algo, les alivia, pero no desaparece del todo. Y vuelven a consultar y a consultar, de tal forma que se convierte en un circulo vicioso, hasta que al final el médico sospecha una depresión. ¿Y qué hace? Le manda un antidepresivo y una consulta a psiquiatría.

¿Está bien? Esta correcto, es lo que tiene que hacer. Pero no es perfecto.

Por experiencia personal, no todas las depresiones hay que medicarlas. Con la medicación antidepresiva lo que hacemos es inhibir los neurotransmisores encargados de modular el estado de ánimo, es decir, hacemos que el paciente se sienta más animado por la acción del fármaco. Obviamente no en todos funciona, pero hay casos en los que sí y me parece perfecto que se usen estos fármacos. Pero volvemos a caer en el error. Estamos volviendo a tratar los síntomas, pero no la causa. Obviamente los psiquiatras hacen psicoterapia con estos pacientes, pero estos servicios están sobrecargados. No se puede tratar correctamente a un paciente con una cita cada 3 semana.

¿Y cuál es la solución? Psicólogos. ¿Los hay en el sistema nacional de salud? Sí, pero su cantidad es ínfima. Por poner un ejemplo de esto no hay más que ver cuántas plazas de psicología y de medicina hay para psicólogos residentes y para médicos residentes. De medicina hay aproximadamente unas 6.000 plazas para 10.000-12.000 aspirantes; para psicología hay 120 plazas para unos 5.000 aspirantes. Los responsables en sanidad dirán que sí, que hay psicólogos, pero la realidad esta: no hay psicólogos suficientes en el sistema nacional de salud para llevar a cabo una buena terapéutica, una atención de calidad. Y es que,hablando claro, es mucho más barato tratar a las personas con pastillas que tratarlas con personas.

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