La idea de este post surge en la situación menos médica posible. Estaba en Denia, comiendo una paella con unos amigos durante el puente de noviembre. No sé si a vosotros os pasa pero en las sobremesas, y más tras una buena comida, es el espacio donde hablamos de todo. Y todo va desde el partido del madrid hasta lo que hay más allá del cosmos.

Pues bien, en esta situación surgió el tema de la cantidad de pastillas que toma la gente. Muchos de mis amigos no controlan mucho acerca de temas de salud y realmente se preguntan si tantas pastillas son buenas o necesarias. Una de mis amigas es médico, también R1 de Medicina de Familia, y contesto que sí. Ella puso el siguiente ejemplo: imaginaros un hombre de 85 años. Tiene la tensión alta, el colesterol también y es diabético. Además tuvo un infarto de miocardio hace 10 años y padece una fibrilación auricular. Por si fuera poco también padece de EPOC y tiene una insuficiencia renal moderada. Y obviamente tiene artrosis generalizada. Por tanto este paciente necesitaría pastillas para la tensión, el azúcar, el colesterol, su problema de la fibrilación y la prevención del infarto de miocardio, la anticoagulación, sus aerosoles para respirar bien y sus pastillas para los riñones. ¡Y el paracetamol por favor! Que los dolores de huesos son muy puñeteros… es decir calculando a groso modo este paciente puede consumir unas 8-10 pastillas al día. ¿Alguna más por favor? Sí claro. El omeprazol. Que tanta pastilla no es buena para el estomago…

¿Es esto calidad de vida? ¿Es necesario ser un pastillodependiente para poder vivir?

Mi opinión inicialmente es que depende. Sí, has leído bien, depende. ¿De qué depende? De la calidad de vida que tiene un paciente y los años que le quedan por vivir. Hablando claro, no es lo mismo una mujer de 65 años con una vida basal totalmente independiente y con todas las afectaciones que hemos visto previamente que un hombre de 92 años, con una enfermedad de Alzheimer muy avanzada y totalmente dependiente para las actividades básicas de la vida. Tienen las mismas afecciones: hipertensión, diabetes, colesterol, antecedentes de infarto de miocardio con una fibrilación auriular, EPOC, alteraciones de la función renal y artrosis generalizada. Tienen lo mismo, sí, pero no deberían recibir el mismo tratamiento. Usando el sentido común en nuestro paciente con Alzheimer, ¿creéis que tener una hemoglobina glicosilada (el parámetro mediante el cual estimamos cómo han sido los niveles de azúcar en sangre en los últimos meses) de 9,2% va a cambiar nuestra actitud terapéutica? ¿Le añadiríais insulina u otro antidiabético oral a su tratamiento?

Consiento que me llaméis ahora demagogo. Es muy fácil el ejemplo que he puesto, ya que hablamos de una situación extrema. Lo difícil se plantea en la siguiente situación: mujer de 83 años, con las mismas afecciones y con un leve deterioro cognitivo, parcialmente independiente para las actividades básicas de la vida diaria. ¿Que hacemos con ella?

Realmente es sencilla. Lo primero que debemos de hacer es lo siguiente: es observar la capacidad de raciocinio y comprensión que tiene nuestra paciente. Aunque existen distintos exámenes y pruebas que nos permiten ver si una persona tiene deterioro cognitivo, realmente en una consulta sabemos cuando un paciente nos entiende y comprende y cuando no hace esto. Si nuestra paciente se negara a realizar el tratamiento, nosotros debemos explicarle las consecuencias de abandonarlo. Si observáramos que no comprende estas consecuencias, según la ley, es su representante legal o su familia quien tiene la decisión de aceptar o proseguir con el tratamiento. Sin embargo, si nuestra paciente entiende, comprende y asume los riesgos de abandonar su tratamiento, nosotros debemos de respetar su decisión.

¿Nuestros pacientes están sobretratados? Puede que sí. ¿Debemos retirarles las pastillas que nosotros creamos oportunas? De ninguna manera. Esa decisión depende del paciente, de un paciente que entienda y comprenda los riesgos y consecuencias de su conducta. Si los entiende y está de acuerdo, debemos de respetarle. Porque en eso se basa nuestra profesión: en el respeto a la libertad de decisión de nuestros pacientes, en que nuestros pacientes intervengan de forma proactiva en su enfermedad y, por tanto, en su vida.

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