Se acaba la consulta. Miras el reloj. Son la 13:20. Recoges tus cosas y te vas a hacer un aviso de última hora. Lo terminas. Son las dos menos diez. Quedan 10 minutos para que empiece la reunión de equipo. Allí presentan los resultados de una encuesta de satisfacción del paciente sobre atención médica. Te diluyes porque hay algo que te recuerda a un paciente. También te acuerdas de que hay que enviar un mail a tal médico explicándole un asunto. Se acaba la reunión. Son las 3 menos cuarto. Coges el coche, llegas a casa, calientas un tupper con la comida que hiciste ayer. Te lo comes y descansas, necesitas esa cabezadita de 20 minutos para funcionar durante la tarde. Son las 5 cuando te levantas. Enciendes el ordenador.

¿Y ahora qué?

Probablemente abres el correo y ves que tienes 20 mails sin abrir, unos cuantos de compañeros de trabajo y otros de suscripciones de revistas. Trabajas duro hasta las 8 y decides que tu mente no puede más, que necesitas hacer algo distinto para sentirte pleno. Haces deporte, te das una ducha o te pones a leer algo no relacionado con la medicina. Cenas y te acuestas, probablemente con dolor de cabeza y, lo peor, con la sensación de no haber aprendido nada en el día de hoy.

¿A vosotros os pasa esto?

En la vida el tiempo es oro. Son veinticuatro horas en las que malgastar un minuto podría suponer un desastre. Y más durante la residencia. Hay mucho que aprender, mucho que estudiar… Y gran parte de nuestro tiempo se consume en eso, en estudiar y aprender. Sin embargo, uno no se da cuenta de la cantidad de información que hay sobre un tema hasta que se pone a estudiarlo. Es imposible leerlo y estar actualizado de todo. De hecho hay un dato alarmante: una de cada cinco decisiones que hacemos en la consulta se basan en la medicina basada en la evidencia; las otras cuatro en la experiencia personal. Esto en un profesional que lleva 40 años ejerciendo la medicina supone un problema; pero en una persona que lleva solo 4 meses ejerciendo la medicina, lo es aún mayor.

¿Como lo solucionamos?

La respuesta es sencilla y complicada a la vez: utilizando el big data.

¿Pero en que consiste el big data? El big data no es más que una tecnología que permite analizar grandes cantidades de datos de forma rápida y eficaz de fuentes muy diversas. Traducido a la salud, implica que podemos analizar, resumir y presentar de forma sencilla información médica obtenida de muy diversas fuentes. Y ademas en tiempo real.

¿Que es lo realmente novedoso? No es solo la forma de presentar estos datos sino que podemos generar nueva información a través de las diferentes variables obtenidas de los datos de los pacientes. Ese es el siguiente paso. En vez de buscar evidencia científica basada en otros pacientes, generaremos evidencia basada en nuestro paciente, encaminándonos hacia una medicina superpersonalizada.

Sin embargo se genera un debate ético muy interesante. ¿Qué hacemos con los datos obtenidos? Y más aún, ¿quién tiene acceso a ellos? Realmente ocurre un poco como ahora con los datos médicos de las historias clínicas electrónicas. Debe de haber una legislación bastante clara que determine qué datos se consideran confidenciales, quién tiene acceso a ellos y cómo se deben utilizar.

Pero una cosa esta clara. La cantidad ingente de datos médicos acumulados en las historias clínicas deben de utilizarse para algo más que para conocer a nuestro paciente. Deben servir para generar información que, gracias al big data,nos apoyen para construir algoritmos que ayuden a la hora de tomar de decisiones clínicas y ofrezcan a nuestros pacientes una mejor atención médica.

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