Es innegable que el avance de la tecnología cambia la medicina. Y es una constante en la historia: la creación de utensilios quirúrgicos en la antigua Grecia, la invención del estetoscopio por Laennec, el descubrimiento y aplicación de los rayos-X… La medicina no es ajena a las revoluciones tecnológicas, de hecho su avance va muy estrechamente ligado a éstas. Si no hubiéramos creado una máquina capaz de simular a un corazón, ¿podríamos si quiera plantearnos la posibilidad de un trasplante?

El siglo XXI ha traído múltiples avances tecnológicos (y los que nos quedan por ver!!). Sin embargo, por muchas televisiones en full-HD, por muchas impresoras 3D… lo realmente innovador de estos primeros compases de siglo han sido las redes sociales. Y, si lo pensamos detenidamente, no es una revolución tecnológica basada en lo que hacen, sino en cómo lo hacen. El gran salto no ha sido el crearlas, de hecho hace muchos años ya existían (¿quién no se acuerda del famoso My space?); el gran salto ha sido nuestra mentalidad, el uso que le damos. Anteriormente las experiencias o el conocimiento lo guardábamos en libros o en álbumes de fotografías. Ahora, compartimos todo. Y cuando hablamos de compartirlo todo no hablo de la última comida en tal restaurante, una foto en la casa de campo, etc. Compartimos experiencias personales y profesionales.

Esta ha sido una revolución en todos los ámbitos, pero especialmente en la medicina. Antes el conocimiento estaba guardado en libros empolvados de grandes o pequeñas bibliotecas; ahora está a golpe de click. De hecho las redes sociales han permitido que este conocimiento se expanda de forma exponencial. Y no sólo han permitido la divulgación de la medicina, sino que nosotros, los médicos, podemos filtrar esa información.

Y aquí está uno de los principales problemas que tiene internet: la posible falta de veracidad. La cantidad de bulos e información falsa que hay en internet es casi superior (por no decir superior) a la información veraz que podemos encontrar. Y por eso los profesionales de la salud debemos de ser un filtro. Nosotros podemos detectar con mayor facilidad qué es falso y qué es verdadero, por tanto nuestro papel como divulgadores es fundamental.

Compartimos todo…

Y cuando digo compartimos todo es que compartimos todo, incluidas nuestras dolencias.

Imaginaros la siguiente situación: un médico en una consulta atiende a un paciente. El médico, tras las exploraciones y pruebas complementarias necesarias, diagnostica al paciente de enfermedad de Hashimoto. El médico le explica al paciente qué es y en qué consiste la enfermedad. El paciente lo asume y sale de la consulta. Pero mientras vuelve a casa, le asalta una duda. Una pregunta que antes en la consulta no se le había ocurrido y que ahora, precisamente ahora que está llegando a su casa que se encuentra a una hora de su centro de especialidades o de su centro de salud, le asalta. ¿Qué hace el paciente? ¿Se queda con esa duda o busca información?

Obviamente esta respuesta depende mucho de la edad de nuestro paciente. Pero si nuestro paciente sabe acceder a internet, lo primero que hará (y que no os quepa duda alguna) es poner en Google “enfermedad de Hashimoto”. Y aquí le aparecerán millones de entradas, algunas veraces, otras falsas. Y en este maremagnum de información, nuestro paciente naufragará y se quedará con la duda, aumentando su ansiedad y su preocupación por su enfermedad. Todo esto porque no se le ha ocurrido esa dichosa pregunta en el momento oportuno.

¿Cómo puede salir de aquí?

La respuesta es muy sencilla. Simplemente en vez de poner en Google “enfermedad de Hashimoto”, debería haberlo puesto en redes sociales. ¿Y por qué? ¿Aparecerá información más veraz? ¿Filtra mucho más la información Twitter o Facebook? Realmente no es que las redes sociales filtren o no la información. Lo importante es que hay personas, pacientes diagnosticados de la enfermedad de Hashimoto, compartiendo su experiencia en las redes sociales. Puede que haya un paciente que tenga respuesta para la duda de nuestro paciente; o puede que no y sea una duda no resuelta. Pero nuestro paciente, y de esto sí que estoy seguro, es que se encontrará cómodo en este grupo, leyendo a otros pacientes con las mismas preguntas o expresándose él mismo.

Por esto son tan útiles las redes sociales en medicina. Sirven para crear comunidades, tanto de profesionales como de pacientes, que pueden servir para compartir y divulgar información o compartir experiencias. Cada vez estoy más convencido de que una consulta física no es suficiente. Debemos de estar en la red, compartir información veraz, incluso responder a dudas de pacientes que nos pregunten en la red.

Pero, ¿dónde está el límite?

Lo dejaremos para más adelante.

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